
En primavera y verano, con el rigor de los calores, cuando las ganas humanas aprietan, aparecen por doquier, más que en cualquier otro momento, buscándose en
bandadas, correteando entre sí, luciendo sus cuerpos suaves e inquietos, insinuándose por los
balcones y coqueteando tras las puertas.
Yo las miro atentamente, vigilo sus idas y venidas, sus
contoneos, sus apareamientos sin contemplaciones, una y otra vez sin
desalientos, sus guiños en las esquinas y sus pecados eternos.
¡Putas pelusas!
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