SOMOS LO QUE BEBEMOS
Caballero Bonald, uno de nuestros jerezanos más ilustres, eligió la sentencia "somos en tiempo que nos queda" como título de su colección poética, lo que quizás sea un aviso de esa irremediable mirada hacia el final que preside el último tercio de nuestras vidas. Pero yo, que también comienzo a vislumbrar el final más cercano que el principio, y creyendo ajustarme a la más íntima filosofía vital del escritor jerezano, apuesto mejor por el lema "somos lo que bebemos", lo que además, en Jerez de la Frontera, es particularmente indiscutible.
Y es que, puestos a pensar, resulta un descubrimiento sorprendente que la ingestión desigualmente moderada de vino haya sido el cauce constante de nuestras principales emociones y, si me apuran, de todos los pasajes de nuestra vida que han sobrepasado lo ordinario. Basta con hacer un simple recuento retrospectivo de las experiencias de cada uno.
De modo que voy a permitirme un acto de liviana desobediencia hacia esa súbita manía gubernamental por las prohibiciones, hacia ese exceso normativo inspirado, seguramente, en un paternalismo inaceptable o, a lo peor, en una conculcación de las libertades más domésticas, para proclamar que aquí, en Jerez, "somos lo que bebemos".
La tozuda realidad refrenda que no es posible elaborar una mala radiografía del jerezano sin condicionar sus conductas a la clarividencia beoda, o a la procacidad después de algún vaso, o al achispamiento por inhalación, o a las derivaciones no etéreas de un territorio eminentemente vinatero, porque en estas influencias vínicas se encuentra, sin lugar a dudas, la única razón que nos sella y diferencia.
Así que casi todos los jerezanos, ya sean nativos o adoptivos, podrían sentirse aludidos con desigual concisión por las caricaturas de este libro, y yo el primero. Reconozco, a veces con algún sonrojo, que siempre me ha apasionado ese Jerez diverso, la singularidad de sus liturgias, sus luces y aromas, los lutos y las juergas, sus sesgos sociales, la gente a secas, los señores y los señoritos, los que van a pie y los que van a caballo, la naturaleza de sus excentricidades y manías, sus rancios orgullos, sus desmanes y tradiciones,… un entremezclado y nada unánime cajón de virtudes y defectos. Bien distinto es que legitime todos esos atributos. A mi juicio, ni podemos obviar que los vicios heredados han sido y son el panorama indiscutible y frecuente de nuestras vidas, como tampoco podemos negar que su superación significa el principal estímulo vital del jerezano.
La persuasión que me inspiran esos asuntos no es de corte sospechoso, sino que pudiera tratarse de una fijación entre afectiva y literaria, o de un ánimo indagador sobre los jerezanos laterales o mediáticos, variopintos o típicos, estrafalarios o apasionantes, arbitrarios o ecuánimes, crueles o ejemplares, que sugieren la nada descabellada hipótesis de que existen gérmenes secretos circulando por las calles jerezanas.
De existir esos gérmenes, bien pudieron envenenar a los "acostados" descritos por Caballero Bonald, hombres y mujeres de su familia que un buen día decidieron encamarse y no levantarse nunca más, o a Benito Pérez Galdós, que a lo largo de su obra manifestó la adscripción de algunos de sus personajes y la suya propia a esa injerencia secreta, o a Lola Flores, cuando apuntó que, tras cada esquina de Jerez, había un duende escondido -ella tenía un puñado de ellos dentro-, o al mismo Rafael de Paula, que manifiesta en todos sus actos cierta proclividad a esos gérmenes inopinados, o a tantos otros, célebres o no, pero evidentemente inoculados por los duendes.
Tengo firmes sospechas de que esos gérmenes, o duendes, mucho tienen que ver con el vino o, al menos, con las fragancias que despiden las bodegas. Quizás eso explique demasiados asuntos inverosímiles.
En otro orden de cosas, duendes aparte, he encontrado más dificultades que las puramente etílicas o las livianamente sobrenaturales a la hora de elaborar una teoría del jerezano.
En primer lugar, porque no soy demasiado adepto a la construcción de teorías, es más, siento algún rechazo por esos estudios de las pintorescas monerías de unos pocos que luego son enarboladas como bandera del conjunto, quizás porque así sólo se logran versiones muy pintorescas pero tan simplistas como falseadas. Hay quienes gustan de encerrar las conductas humanas en módulos estancos, algo así como guardar viento en tarros de cristal, o pasar la apisonadora sobre las singularidades individuales hasta que respondan a cerrados patrones de conducta que quepan en un par de renglones, pero no es mi caso.
Luego, y no es un aprieto menos importante, porque es complicado hablar del jerezano sin incurrir en la temeridad. Mis paisanos, sobre todo los más gritones y los dueños de la razón absoluta, son muy suyos con aquello de la sensibilidad patria y suelen repeler los juicios dietéticos con la crucifixión del desaprensivo. Así que, me temo, diga lo que diga en estas páginas, calle lo que calle, o haga lo que haga, siempre habrá alguien que me crucifique inapelablemente, aunque reconozco que esto no me acongoja en absoluto sino que, más bien, me añade cierta dosis de determinación.
En cualquier caso, me sería imposible hacer de rapsoda castrado y formular gratuitas lisonjas a la carta. Y no se trata de una heroicidad, ni mucho menos, ni tampoco de una provocación que busca determinadas reacciones airadas del lector -uno de esos ruidosos trasfondos que son usados para alegrar las ventas-, sino que, simple y llanamente, esa clase de acosos suele agudizar mi insana afición a nadar contracorriente y, también, significar un estímulo añadido para la ecuanimidad.
Creo contar con cierta ventaja de partida respecto a otros, la de una perspectiva visual menos integrista y más serena del panorama jerezano, y es que la intermitencia de mi presencia en Jerez me ha desembarazado de muchos dogmas y fijaciones. Lo que no es poco.
Por lo demás, yo no me atrevería a asegurar que las particularidades reales del jerezano tengan mucho que ver con la imagen externa que proyectamos, sino que ésta pudiera ser una versión maquillada y agrandada de la estética colectiva que conviene difundir, algo así como colocarnos castañuelas y peineta para hacernos atractivamente distintos ante el visitante.
Sin embargo, estas maniobras no son nada novedosas. Desde siempre y en todas partes, las tribus han tenido la urgente necesidad de encontrar sus sellos y banderas, unas maneras propias, alguna forma de identidad, y para tal fin han elaborado las etiquetas colectivas, reclamos publicitarios con los que se muestra al exterior una fisonomía determinada.
Esta irrelevante argucia comercial se aprecia nítidamente en Andalucía, donde somos muy dados a la exaltación desaforada de lo propio y solemos vendernos como los mejores, como los más graciosos, como los más devotos, como los más felices, como los más espontáneos y como los más cálidos. Luego, de remate, como segunda parte de tan pormenorizada planificación, aparecen algunos otros que procuran convencernos de ser lo que jamás hemos sido.
Por tanto, no creo que los principales distintivos del jerezano tengan mucho que ver con esas florituras, sino que, más bien, son herencia de determinadas circunstancias históricas, o el resultado del envenenamiento de esos duendes misteriosos que circulan por las calles, o mejor aún, ambas cosas solapadas.
Respecto a lo histórico, no existe la más mínima unanimidad. Unos observan el pasado bodeguero de Jerez -nuestro más agudo condicionante- como una lacra, o cuando menos, como una traba que angostó determinados aspectos de su desarrollo espiritual. Otros, desde la acera opuesta, no sólo atribuyen a ese esplendor vinatero las culpas de la prosperidad, sino que le achacan además buena parte de los trazos de la identidad jerezana. Y yo pienso, en cambio, desde una perspectiva distinta, sin deber nada a nadie y nada prisionero de siglas y etiquetas, que se trata de una circunstancia histórica inamovible que, bien o mal, indudablemente nos ha llevado de la mano hasta el presente.
El segundo aspecto, lo de los duendes, es a mi gusto un tema absolutamente incuestionable.
En términos generales, los jerezanos no somos todos iguales, ni siquiera parecidos, ni entre nosotros ni en comparación con el resto, aunque sí tengamos cierta tendencia a la apropiación de puntuales aspectos del paisanaje para insertarnos en ese espacio común de las estéticas y las costumbres lugareñas, una forma de sentirnos acogedoramente integrados en el enjambre. En cualquier caso, esas semejanzas forzadas no son un asunto que me interese sobremanera, ni que estime prioritario a la hora de bosquejar al jerezano, porque lo que me importa realmente es la indagación acerca de esos duendes, de esos gérmenes que planean en el ambiente, de ese acto inoculador que determina conductas y personajes sorprendentes.
De modo que, definitivamente, lamentándolo mucho, no desarrollaré un tratado axiomático sobre el jerezano, ni siquiera llevaré a cabo un trabajo medianamente riguroso, sino que me contentaré con hacer un repaso liviano, jacarandoso, un reojo inspirado en las anotaciones que permanecen en mi embustera memoria. Quién sabe si, bajo esta declaración de intenciones, podré lograr resultados más verídicos, más ecuánimes y menos serviles de los que he leído hasta el momento.
Y para una mejor comprensión de mis propósitos, permítanme alguna recomendación aclaratoria o, más bien, la invitación a un útil ejercicio táctico. Les aseguro que no viene nada mal para desenmascarar mi estrategia.
Se trata de emplazarnos ante una pintura impresionista. Vista muy cerca, no reconoceremos nada coherente, acaso manchas emborronadas, trazos desangelados, un amasijo de colores que no vienen a cuento. Pero, si retrocedemos unos pasos, lentamente, apreciaremos cómo esas abstracciones se van relacionando, cómo se casan las manchas con los trazos, cómo los colores netos se hacen matices y, más tarde, tras el último paso de alejamiento, cómo por arte de magia aparece un paisaje.
Si contemplamos una pintura romántica, la cosa cambia. Todo es visible y reconocible, evidente, y sin embargo, hay algo imperceptible que no nos permite el sosiego observador. Averiguaremos que esa turbación procede de la dislocación de los edificios, apreciaremos que la prominente espadaña de la iglesia jamás podría aparecer junto a aquel arco. En definitiva, que el autor ha manipulado los elementos a su antojo, sin ninguna obediencia topográfica, en aras de su visión estética. Pero no rechacemos de primera esa alteración de la realidad, esa vulneración de la lógica, la ruptura de los elementos visuales que yacen en nuestra memoria, sino aceptemos esa versión falsaria tal cual y saquemos conclusiones de lo que vemos y sentimos, y no de lo que queremos ver.
Bajo estas premisas pictóricas he dispuesto mi intención narrativa, como pinceladas inconexas, trazos desgarrados y borrones confusos, o a base de elementos intencionadamente trastocados, falsos o dudosos, lo que, traspasado del lienzo al papel, se transforma en una confesa manipulación de personajes jerezanos, de situaciones, de extravagancias, de degeneraciones, de hábitos, de peculiaridades y de gustos que pueden no ser reales, pero sí posibles.